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#thelma_winery

«En aquel infausto momento una chica guapa, cuyo uniforme raído no ocultaba su

atractivo, salió de la oficina, se paró delante del marco que tanto anhelaba los rayos

ultravioletas, y preguntó:

– ¿Qué intentas hacer?

Yo respondí: Estoy esperando que el sol remolón salga. Quizás tú puedas ocupar su

puesto.

Su respuesta fue salir huyendo avergonzada.

Así fue mi primer encuentro con mi futura esposa, Rebecca, la luz de mi vida. A la

mañana siguiente, hice un ramo de flores silvestres, que escondí debajo de la gorra, y

fui a visitarla. Como pretexto, planeaba agradecerle su ayuda y contarle que, al final, había conseguido hacer las copias.

Sin embargo, antes de poder abrir la boca, uno de los empleados de la oficina me

quitó las flores de las manos, las aplastó, y las echó al cubo de basura.

– Sal de aquí pilado! ¿Acaso no sabes que el comandante está en la sala de al lado?  Con estas palabras me echó a empujones.

Unos días después me encontré con mi doble del sol mientras hacía cola para la sopa.

Más tarde la besé por primera vez, tras las letrinas, a la luz de la luna llena.  Comencé a visitarla en su barracón todas las mañanas, antes del toque de diana. Le llevaba agua caliente de la cocina y le lustraba los zapatos con la manga humedecida con saliva.

En el campo había diferencias de género en cuanto al vestido: los prisioneros masculinos escondían la calva bajo una gorra rayada, mientras que las presas usaban

un pañuelo blanco para cubrir el cráneo afeitado. Yo llevaba gorra, pero siempre tenía un pañuelo blanco en el bolsillo, mi salvoconducto a la zona de mujeres. Nuestro cortejo se prolongó a lo largo de varias acciones y selecciones, durante los cuales más de una vez estuvimos a punto de despedirnos para siempre. Hicieron falta unos cuantos milagros para que sobreviviéramos.

Cambié cuatro barras de pan por una cuchara de plata, y por cuatro más, el joyero del taller de relojería hizo dos anillos. Esa noche celebramos una mini boda al lado de la litera de mi madre. No hubo rabino, música, invitados, ni ensalada con mayonesa.

Simplemente pronuncie el tradicional Harei At y mamá nos dio su bendición. Después lleve a mi novia a su barracón (13), para consumar el matrimonio. Escalamos a su litera de la tercera fila y esperamos con impaciencia a que las luces se apagaran. Para nuestro disgusto, el viejo del barracón no apagó las luces aquella noche por que los alemanes estaban peinando la zona femenina en busca de hombres escondidos. Razones estratégicas me llevaron a la conclusión de que era demasiado tarde para escapar, y ninguna coartada podría salvarme. Decidimos hacer frente a la situación con una argucia. Las dos vecinas de mi mujer me taparon con los trapos y harapos que solían hacer las veces de almohadas y yo me tumbé bajo sus cabezas mientras ellas tres fingían dormir. Obviamente, no pudieron hacerlo por qué estaban muertas de terror y la almohada no paraba de temblar de miedo. Cuando el registro acabo, oímos los gritos de dos chicos apaleados hasta la muerte en el altar de Eros.

Un milagro me libró de ser descubierto. «